viernes, 4 de noviembre de 2011

Desapego

Hace unos días, Lour y Ana intercambiaban opiniones en este blog acerca del desapego jesuítico y hoy, uno de mis hermanos, me manda su contribución advirtiéndome que no es original suya pero que no recuerda a quien se la escuchó porque no tuvo la precaución de anotarlo. Lo que es seguro es que es de algún hijo de San Ignacio porque como decía un tío mío, jesuíta también, 'se distingue por los andares'. Aquí la dejo:

'Aprender a decir 'adiós'. Incorporar este aprendizaje como parte de nuestra vida. Despedirse de aquello que habiéndonos acompañado en un tramo del camino ahora debemos dejar para poder continuar. Despedirse de personas, situaciones, paisajes, tareas, protagonismos, modos de relacionarse, planteamientos…'



11 comentarios:

Carmen dijo...

Señoras: las escucho

Elena dijo...

Otra que se queda a la escucha y lanza la pregunta de por qué va a ser malo no desapegarse, yo no me desapego de casi nada y vivo muy feliz y muy tranquila.

T dijo...

Soy la tercera en apuntarme a escuchar, Carmen. Y la segunda a la que lo del desapego, aún alabando sus ventajas, no le termina de convencer del todo, Elena. En mi caso por absoluta incapacidad para practicarlo. ¡Y mira que lo intento!

unmundoparacurra dijo...

tic-tac...

Carmen dijo...

Qué cosa más rara me ha salido.
La del comentario anterior era yo. Lo siento.

Mateo dijo...

Tal como yo lo veo, la génesis del desapego está en la disponibilidad para la misión y no tiene nada que ver con tener la cabeza fría aunque esa disposición de ánimo ayude. Hay que tener en cuenta que cuando Ignacio fundó la Compañía rompió con las normas que eran comunes a todas las congregaciones religiosas que exitían en ese momento. Los jesuitas no nacieron para vivir fuera del mundo sino para encontrar a Dios en el mundo y lo primero que hicieron fue ponerse a disposición del Papa para hacer lo que él creyese más conveniente y renunciar a la vida comunitaria y a vivir en conventos, lo que proporcionaba bastante seguridad y acomodo también en el orden material y económico. Esta disponibilidad es un puntal de la Compañía desde el inicio y los llevó a dispersarse nada más nacer. Para cumplir la misión el desapego era condición imprescindible, no hay más que pensar en Javier para verlo muy claro.
Después, lo del desapego se ha ido puliendo y adaptando a los tiempos presentes y como norma de conducta es muy válida también en los aspectos a los que Ana y Lourdes han hecho mención y de hecho, la espiritualidad jesuítica exige la capacidad de ser indiferente y equilibrado, "sin caer en afectos desordenados", en palabras de Ignacio, para poder discernir lo que es para mayor gloria de Dios, pero no hay que perder de vista de donde viene.

Un saludo a todas.

T dijo...

¡Qué raro verte por aquí y además hablando tanto! ;-)

Gracias por venir y por darnos tu opinión, hermano.

Lourdes dijo...

Querido Mateo: me da mucha alegría encontrarte en el blog y tengo por tu opinión la mayor consideración porque se que eres docto en la materia. Entiendo el desapego en el contexto en el que lo has enmarcado y creo que, en efecto, es fundamental mantener una actitud de indiferencia, y distancia, añado yo, para poder tomar decisiones. La 'perplejidad sobreviene, y no digo que sea tu caso, cuando la mayoría de la gente asimila esa distancia a la incapacidad de sentir y tanto T como Elena, evidencian esa mala asimilación en las respuestas que han dado. Se trata, querido Mateo, de una confusión muy extendida la de afirmar que si tomas distancia es que tienes el corazón como una piedra. Imagino que los primeros jesuitas tenían entre ellos una fuerte relación de amistad y que la obligada separación no rompió ese vínculo, aunque tuvieron que tomar distancia, desapegarse, para llevar a buen término el trabajo que tenían encomendado. Los hombres sin corazón y fríos como el hielo no se embarcan en misiones como las que les condujeron a los sitios más remotos. Lo que hicieron fue saber desprenderse de todo lo que dejaban para que no fuese una impedimenta para ellos.
Estamos de acuerdo, amigo mío; cuando decidí venir a Suecia a completar mi formación tuve que desapegarme de muchas cosas, mis fines no eran, desde luego, tan altruístas como los que movieron a tantos misioneros jesuitas a dejar casas, brillantes carreras profesionales y haciendas, pero tuve la oportunidad de poner en práctica esa máxima ignaciana, tan útil, y con independencia de la trascendencia religiosa, que yo no tengo, creo que los Ejercicios de San Ignacio son un magnífico compendio de normas para hacer nuestra vida más sencilla y gratificante.

Ana dijo...

Mateo yo también me alegro de verle por aquí y aclarando términos y conceptos.

No puedo sino suscribir lo que ha dicho Lourdes, en su totalidad.

T dijo...

Por alusiones. Yo no he hecho la asimilación que según Lour evidencia mi respuesta. Es más, he dicho que alabo sus ventajas pero que no me encuentro muy capacitada para practicarlo. Es exclusivamente demérito mío. Por lo demás, lo que ha escrito Mateo es muy pertinente, como lo son la extensa acotación de Lour y el breve asentimiento de Ana.

Carmen dijo...

Pues me ha parecido muy ilustrativo, tanto los comentarios de las señoras, como el del caballero.

Gracias.